Primer premio Bloggin Sta Eulalia

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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Y A ELLA EL MAR LA LIBERÓ


Cuando Silvia se levantó esa mañana, tenía una extraña sensación, estaba nerviosa.
Aunque si pensaba bien en cada uno de los días vividos desde hacía ya casi dos años, no se diferenciaba en nada de los anteriores. ¿Qué podía cambiar?
Se miró en el espejo de su tocador decorado con fotos de Pablo Alborán, a un lado y otro. Y pensó: “Nada puede ser diferente hoy”.
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Se peinó el flequillo con mucho cuidado, lo dejó caer hacia un lado, tapando casi por completo su ojo derecho, en ese lugar que le hacía sentir un poco más cómoda.
Cogió la mochila, bajó las escaleras hasta llegar a la cocina, donde como cada mañana la esperaba, Lucía, su madre. El desayuno estaba preparado, para que no perdiese ni un solo segundo, y llegase a tiempo al instituto.
-Buenos días hija. –saludó la madre, haciendo el ademán de acariciar su rostro y poder darle un beso en la mejilla.
Silvia saludó entre dientes, y no se mostró nada receptiva.
-¿Cielo te ocurre algo? Últimamente te noto diferente, estás muy seria.
-No es nada mamá, no te preocupes, todo está bien.
-Una cosa mamá. ¿estás a gusto en tu trabajo?
-¿Cómo? No te entiendo.
-¿Qué si te sientes feliz en tu trabajo?
-Hija, muchas veces los trabajos son pesados, porque invertimos mucho de nuestro tiempo allí. Sin embargo, ya sabes que es muy importante, gracias a lo que gano podemos vivir.
-Está bien mamá.
Cogió la mochila, se despidió de su madre y emprendió la marcha hacia el instituto.
Caminaba cabizbaja por callejones de la ciudad por donde a las siete y media de la mañana no solía pasar mucha gente, y mientras, pensaba: “hoy es lunes, hoy toca… topacio un ojo aquí…”.
Mientras recorría esas calles estrechas, tragaba saliva, y sentía que su corazón le latía más deprisa. La mochila le pesaba más que habitualmente, aún llevando menos cosas. En realidad el día en su conjunto le pesaba demasiado.
Sacó su móvil del bolsillo y comenzó a escribir un mensaje a su  única amiga.
-“Gloria no iré hoy al colegio. No se si luego podré llamarte”.
Lucía esperaba a que Silvia saliera hacia el colegio, para recoger la cocina y salir inmediatamente para la oficina.
-¿Por qué Silvia me habrá hecho esa pregunta?
-Ella no sabe nada, nadie sabe nada, así que no he de preocuparme.
Como cada mañana, Lucía caminaba diez minutos para coger el autobús que la dejaba muy cerca de su trabajo.
Necesitaba trabajar (a veces muchas horas), porque su hija dependía de ella. Su marido se desentendió después de la separación. Y era mejor así.
Fueron años muy duros, teniendo que sonreír, teniendo que fingir, y ocultar con maquillaje algún moratón. Sólo lo hacía por su hija. Merecía todo la pena por esa pequeña, inocente, que había llegado al mundo, sin saber que Juan no era un padre modelo.
Aquellos años durmiendo con miedo, despertando con pánico y esperando un golpe porque las cervezas no estaban frías, o porque las lentejas estaban duras.
Aquellos años de persecución, de sentir un miedo atroz las veinticuatro horas del día, y sobre todo de temer que le diesen la custodia de su hija. Hasta que ya no pudo más.
Se liberó de esos fantasmas del pasado y ha tenido que soportar otro tipo de hostigamiento, si cabe peor.
Pero aquel episodio estaba casi olvidado. Las dejó en paz y eso era lo importante. Ahora debía hacer todo lo que estuviese en sus manos para sacar a su hija adelante. Pagar sus clases de inglés y violín, y no le importaba tener que saltarse alguna comida con tal de llegar a fin de mes y que a ella no le faltase de nada.
-Si solo fuese eso, pensaba.
-Tengo que hablar con Teresa, y le contaré todo. Ella confía en mí, sabe que soy una buena madre y que todo lo hago por mi hija. Me entenderá.
Llegó al trabajo a las nueve de la mañana, como de costumbre. Saludó a los compañeros, y vio como los ojos del director se clavaban en los suyos, sin pestañear. Desvió la mirada.
Recogió unos papeles de la fotocopiadora y fue hacia su mesa para comenzar a llamar a clientes, hacer presupuestos y así comenzar su jornada laboral.
A media mañana se acercó el jefe al puesto de Lucía y le dijo: “necesito que te quedes una hora más”.
Ella temblaba cada vez que escuchaba estas palabras.
Mientras trajinaba entre tanto papel, vio que vibraba su móvil. Lo cogió y fue hacia el pasillo.
Eran las dos de la tarde y le llamaban del colegio para comunicar que Silvia no había asistido a clase.
Llamó a su amiga Teresa, para ver si la niña se había puesto en contacto con ella. Su amiga le dijo que no. El teléfono de Silvia daba la llamada, pero a los pocos segundos saltaba el contestador.
Aprovechó una reunión que tenía su jefe, para salir de la oficina sin dar explicaciones, con la intención de regresar pronto.
Fue al colegio y la directora le comunicó que no había ido ese día, y además preguntó a sus compañeros, que entre risas y murmullos, decían no saber nada. Se empezó a preocupar. Nunca había faltado a clase. Lo que si había detectado es que sus notas habían empezado a bajar, lo achacaba a que había comenzado el bachillerato, y tenían bastante carga de trabajo.
Se reunió con Teresa cerca de una comisaría de policía, después de realizar una búsqueda inútil por su cuenta.
Todo sucedió tan rápido.
Idas y venidas, llamadas, gente por todos sitios, coches, el sonido ensordecedor de un helicóptero…
-Teresa, ¿dime donde está Silvia? Dile que venga, quiero abrazarla.
-Toma esta pastilla e intenta dormir un rato, yo estaré aquí contigo, no debes preocuparte por nada. Lucharemos para que paguen todos. Ahora descansa amiga.
-No puedo Teresa.
Si no hubiese estado tan obcecada en ganar dinero para intentar pagar todo, me hubiese dado cuenta.
Se mofaban de mi niña por su estrabismo, y a mí nunca me dijo nada. Ahora entiendo esas notas que vi por su habitación donde aparecía la inscripción “Topacio”, tachada con enormes aspas en color rojo.
“Topacio un ojo aquí y otro en el espacio”, era lo más bonito que ella escuchaba de sus compañeros.
“Bizca” y “bollera” eran otros de los piropos que a diario tenía que escuchar, y yo sin enterarme.
Que dolor tan grande, cuando leo esas líneas, donde describe como le tiraron agua procedente de los baños, siento el miedo plasmado en el papel, parece que tiembla su letra. ¡Mi niña!
Y esos cortes en los brazos, ¿cómo no he podido darme cuenta?
Perseguida, insultada, humillada, porque un fatídico día confesó a una compañera que le gustaba una chica del colegio un año mayor. Pero si era una niña, si ella no se metía con nadie. ¿Que mal ha hecho? ¿qué terrible delito es este?
Mi hija ha pasado estos dos últimos años entre monstruos, y ella no quería trasladarme más preocupaciones. Sufría su calvario y callaba el mío.
Sabía que mi jefe me acosaba. En su diario lo cuenta detalladamente. Un día fue a la oficina y nos vio salir, vio como él se acercaba susurrándome al oído, y me agarraba, y me tocaba.
Me atrapó contra la pared, desabrochándome los botones de la camisa en aquel oscuro callejón.
Ella oculta tras un coche vio lo más ruin de su madre. Y yo solo quería ganar dinero para poder pagar todo, que no le faltase de nada.
He tenido que padecer y aceptar, por temor a perder mi empleo, que ese desgraciado me hiciese creer que no valía para nada, que el bienestar de mi hija dependía de la nómina que él me daba. Mi implicación en el trabajo no era valorada, ya se encargaba él de decirme que había cientos de mujeres esperando una oportunidad, y que seguro estarían mejor preparadas que yo. Tengo cuarenta y cinco años y llevo trabajando veinte  en lo mismo. Espero que la experiencia hable en mi favor.
Quería que ella llegase a la universidad, y que fuese una persona importante.
Hace dos años me decía que quería ser arquitecto. Quería diseñar una casa de madera y piedra, rodeada de árboles, donde pudiésemos tener varias mascotas. Un terreno para poder montar a caballo, pasear las dos juntas con nuestros perros, y poder divisar en la lejanía el mar. Me parece que ha pasado una eternidad.
 Desde hacía tiempo ya no hablábamos casi de nada, no tenía confianza en mi. Lo entiendo. No he sido un ejemplo para ella.
Me tenían abstraída,además, mis salidas clandestinas de casa. Cuando daban las nueve de la noche (mientras ella terminaba las tareas), desaparecía para conseguir un buen filete o unos yogures, con inminente fecha de caducidad, en los contenedores del supermercado. Quería que mi hija estuviese bien alimentada, tenía mucho que estudiar. Y sobre todo quería que supiese que nunca le iba a faltar de nada conmigo.
-Yo era la primera en llegar Teresa, seleccionaba lo que tenía mejor aspecto.
-Cuidaba para que nadie me reconociese para no ponerla en ridículo. Al llegar a casa le decía a Silvia que había encontrado un supermercado a "dos manzanas de casa", con productos de primera, a muy buenos precios. Normalmente ella siempre estaba en su dormitorio, y no me veía entrar cargada como un burro con todas las bolsas. Lo importante es que era comida en buen estado y a coste cero.
Había veces que era muy difícil comer, pagar hipoteca y vestir. Así, alguna vez, podía comprarle algún vaquero o camiseta de moda.
Y sin embargo no me percaté de lo más importante. Mi hija me necesitaba y yo no estaba a su lado. Mi hija sufría y no le brindé mi hombro para que se desahogase.
Ella salió aquella mañana de casa y un mar embravecido la liberó y me la arrebató de un plumazo.





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